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Incoherencias
La amaba tanto, como a la tintura de mis sábanas,
Lo respetaba concientemente , en honor a su apellido,
Cuando de mi persona se trataba , intercedía en tal
legión exigiendo mis pezuñas,
En las calles de la ciudad me detenía, sólo si saludaban
primero; entonces le demostraba mis gestos y mi educación,
Del tránsito me fijé siempre, aún cuando
aparté a bocinazos del cruce peatonal a cuatro obesos ancianos,
Me embriagué muchas veces tal vez, pero al no sostenerme por mis
propios pies por mi seguridad, preferí conducir;
Le dediqué mil horas semanales al estudio, y seis minutos a mis
exámenes,
Cuando participé en la maratón de fin de año, no
me interesó ganar, sólo llegar primero;
Prometí decir la verdad todo el tiempo, siempre y cuando nadie
estuviere escuchándome;
A mi mujer no la engañe con otras, las otras la engañaron
a ella conmigo;
El secreto de confesión que celosamente guarde, no lo
conté, sino, hasta el siguiente mediodía;
De dos monedas que traía conmigo, una regalé a un
miserable hombre. Por cierto, en la tarde desembolsé diez mil
monedas en golosinas que empaché durante seis días;
Me asustaba muy seguido, con los aullidos de los perros en Septiembre,
pues en ese mes, esos mugrientos caninos, dejaban de ladrarme;
Corté cinco rozas para mi amada, las corté en cien
pedazos para que se hiciera un puzzle;
Me levantaba muy temprano en las mañanas, para enfrentar la
tarde con sueño y modorra;
Disparé tres veces contra un desconocido, que traía una
colorida chaqueta y un sobre de dudosa procedencia;
Traté de envenenarme ahogado en mis penas, más se corto
la cuerda de mi veneno por mi propio peso;
Así disfruté la vida, de nada puedo quejarme, ni de mi
muerte, ni la de mis amados... todas estaban ajustadas a la
ironía de nacer y yacer...
José Luis Cárdenas Saldivia |